La carretera se aproxima y los nervios crecen. ¿Qué llevar en la valija, quién nos busca cuando llegamos, cuántas horas de vuelo son, hay diferencia horaria? Ah, ganamos tiempo, qué loco. ¿Y cómo arreglamos para ir hasta Ezeiza?
El juego de listar lo que llevar fue productivo y tan mal no estuvimos los presentes. Sólo hay que ver qué pusimos y sacar cosas, jaja, como siempre. Dejar espacio para lo que se va a traer.
Me quedo pensando... lo que se va a traer... ¿qué traeremos? ¿Un puñado de ilusiones incumplidas, una locura atroz que tardará en desaparecer, una necesidad imperiosa de abrazar a los nuestros, unas ganas tremendas de cortar con la rutina y mandar todo al demonio?
Preguntas, preguntas... la carretera se aproxima y los nervios crecen, trabajando en conjunto para conseguir salas, presentaciones de disco, prensa, publicidad, contactos, contactos. Cuánta gente hay del otro lado y qué maravilloso es conocerlos, pero que desgastante. ¿Y el equipo? ¿Todos trabajamos a la par? Claro que no, eso no sucede nunca. Y estoy segura que cada uno tiene su excusa... yo también... pero estoy tan agotada, tan quemada, tan extenuadamente "desquiciada" con el perdón de los realmente desquiciados, que hay días en los que siento que un colapso nervioso o un ataque cardíaco me va a tomar por sorpresa en medio de la vía pública. "Que sea después de la gira", pienso. Solo un colapso mental realmente grave impediría que yo realice este viaje.
Ilusiones, valijas, notas, prensa, llamados, reuniones, fotos, envíos... Tanto, tanto, tanto.
Y sí, sigo convencida de que vale la pena, por eso sigo intentado, sigo insistiendo y hasta cocino un guisito de lentejas para amenizar el frío de Buenos Aires y acompañar el encuentro con mis babilónicos.
Winona.
No hay comentarios:
Publicar un comentario